Una fuerte tormenta eléctrica afectó a Santiago el 13 de octubre, con granizo, inundaciones repentinas e incluso un posible tornado. Poco antes, el 8 de octubre, una lluvia aún más intensa generó inundaciones en el sector oriente de la ciudad.
Lo más curioso para mí fueron, sin embargo, las discusiones en redes sociales y medios de comunicación. Mientras algunos culpan al cambio climático directamente, otros levantan sus banderas políticas: que Kast es un negacionista del cambio climático, que Boric no compró los radares prometidos por Piñera, etc. Otros culpan a El Niño más fuerte de la historia y que se desarrolla en estos momentos en el Pacífico, atribuyéndole gran culpa en estos eventos. Al mismo tiempo, para algunos todo esto de las inundaciones es normal porque siempre han ocurrido, tan solo nos hemos olvidado, mientras otros intentan aprovechar cada evento extremo para colar sus propias necesidades de financiamiento, como con los radares. Mientras tanto, las dos instituciones más importantes en esto (SENAPRED y DMC) apenas si aparecen en las discusiones.

Sin duda somos un país poco preparado para eventos meteorológicos extremos. Hay mucho que avanzar desde la predicción hasta la prevención. Con mis palabras no quiero decir que los radares son innecesarios, solo quiero molestar a mis colegas, que parecen no pensar en nada más que los radares para todos los problemas de la meteorología nacional. Spoiler: los radares en nada cambiarían el resultado de una ciudad parcialmente inundada; podrían mejorar las alertas y permitir a las personas tomar algunas precauciones, pero no son la solución ni la panacea que muchos parecen proclamar (además de ser una inversión carísima, que podríamos usar para otras cosas, como por ejemplo mejorar el servicio meteorológico, la DMC).
Tampoco quiero decir que el cambio climático no tenga influencia en estos eventos, pero nada podemos decir sin un estudio de atribución. En ciencia, si no sabemos algo, no lo podemos afirmar. Podemos plantear hipótesis, como que una atmósfera más cálida contiene más humedad y por tanto es más propensa a lluvias fuertes que antes. Pero es un salto muy largo entre esa hipótesis y un evento de una tarde en el fin del mundo. No me molesta que la gente piense que el cambio climático tiene algo que ver, pero si que colegas y estudiosos del clima caigan constantemente en eso. El cambio climático es muy importante, y usarlo como comodí para explicar por qué necesitamos tal o cual política pública (usualmente dinero o regulación) después cada evento extremo no hace más que degradar su importancia. Si todo es cambio climático, nada lo es.
Luego de esta pequeña intro-descarga, y si aún deciden continuar leyendo, quiero mostrar los datos para corroborar o descargar algunas afirmaciones que me parecen muy interesantes sobre las lluvias de octubre de 2026 en Santiago.
Out of context lluvia
Tal como mencionó Roberto Rondanelli, octubre de 2026 es el octubre más lluvioso en Santiago desde que hay registro, y eso que todavía falta la mitad del mes. No repetiré su análisis, que me parece muy bueno y muestra lo inusual de esta primavera. Con 108,1 mm a la fecha, este octubre supera con holgura los 64,8 mm de 1987 y equivale a casi nueve veces la normal (12,1 mm, Figura 1a).
Pero sí quiero corregir lo que varios colegas del rubro “clima” han concluido desde ahí: que estas lluvias nunca se habían visto, que son las más intensas, y que el cambio climático está detrás.

Primero, una precisión: es el octubre más lluvioso, no el mes más lluvioso. Octubre es un mes naturalmente seco en donde en promedio cae apenas el ~4% de la lluvia del año. Que en un mes seco llueva mucho es una buena noticia para el titular, pero una pésima base para sacar conclusiones. Con los datos de Quinta Normal, el 108,1 mm de este octubre ocupa recién el lugar 36 entre los 685 meses desde 1969. El mes más lluvioso fue julio de 1987, con unos 355 mm. Incluso el julio de este mismo año (156 mm) le ganó a este octubre en lluvia (Figura 1b).
Segundo, el año completo viene normalito. Con 341 mm acumulados al 14 de octubre, 2026 va apenas sobre el promedio de esa fecha (287 mm), y 15 de los 57 años anteriores ya llevaban más agua. Eso sí, llegó ahí de forma peculiar: casi nada hasta fines de junio y luego dos saltos, uno en julio y otro en octubre (Figura 1b). Sin octubre, 2026 llevaba 233 mm al 30 de septiembre, bajo el promedio de esa fecha (278 mm), aunque en la mitad de la tabla: 27 de los 57 años anteriores llevaban menos. Es poco para un año con un evento El Niño fuerte, que en teoría trae más lluvia a Chile central (algo que discutimos más adelante).
Tercero, la intensidad. El 6–7 de octubre cayeron 30,1 mm en 6 horas y 32,0 mm en 12 horas, valores muy altos, pero no récord ni siquiera para octubre. Desde 2006, solo el 13 de octubre de ese año tuvo más en 6 horas (30,2 mm, por apenas una décima). En 12 horas, octubre de 2006 llegó a 53,7 mm, bastante más que este año, y 2017 (35,5 mm) y 1997 (32,8 mm) también estuvieron arriba (Figura 1c). El total del mes es inédito. La intensidad de sus tormentas, no tanto.
Y es aquí donde el contexto importa. Es injusto comparar una lluvia de octubre solo con su predecesoras de octubre, ya que en esta época del año cualquier tormenta luce extraordinaria al lado de sus pares. Si lo que queremos es saber qué tan intensa fue este evento respecto de la historia, hay que compararlo con todas las lluvias de todos los meses y de todos los años. Ahí, los 32,0 mm en 12 horas del 6–7 de octubre ocupan el lugar 60 entre las 1.852 ventanas de 12 horas con más de 1 mm registradas desde 1967 (percentil 97): una tormenta fuerte, sí, pero de las que se superan casi una vez al año (52 tormentas distintas lo han hecho en este registro). Y a escala de año, 2026 (35 ventanas con más de 1 mm, curva naranja en la Figura 1d) queda en la parte media-alta de todos los años anteriores, y su ventana más intensa (54,4 mm, el 17 de julio) es la cuarta entre 60 años. Es decir, ni nunca visto, ni el más intenso: un año notable, con un octubre notable, pero que cabe cómodamente en la historia.
El chubasco mas fuerte… desde 2019
Nadie puede negar que la lluvia del 13 de octubre fue muy intensa, y los datos lo corroboran. Como fue un chubasco (lluvia de corta duración, pero intensa), lo correcto es mirar los datos minutales que la DMC tiene para Quinta Normal. Esos datos van del 1 de enero de 2019 al 14 de octubre de 2026, unos 8 años aproximadamente, así que las conclusiones valen solo para ese período, no para “la historia”.
Dicho eso, en una hora cayeron 12,2 mm. El máximo anterior de esos casi 8 años era 10,2 mm, de junio de 2025. Más del 99 % de la lluvia cayó en menos de dos horas, y en 6 horas el total fue de apenas 13,3 mm, un evento corriente, por encima de la mediana pero muy lejos de los extremos. Es decir, un chubasco muy violento que duró poco. Que eso haya puesto de rodillas a media ciudad dice más sobre nuestra preparación que sobre la lluvia.

Llueve a la antigua
Luego de tantos años de sequía, tengo la firme idea de que las generaciones jóvenes conocen muy poco la lluvia intensa, y las personas mayores tienden a pensar que siempre llovió así de fuerte. ¿Qué dicen los datos?
Si algo se puede culpar al cambio climático, de forma parcial, es haber reducido tanto los totales de lluvia como los eventos extremos de precipitación en Santiago. Con los datos de Quinta Normal desde 1983, cada bloque de 4 años entre 1983 y 2010 tuvo entre 115 y 157 ventanas de 12 horas con más de 1 mm, y entre los siete sumaron nueve ventanas con más de 50 mm (de ocho tormentas distintas, con máximos de 70,0 mm en agosto de 1987 y 68,9 mm en junio de 2002). Durante la megasequía eso se desplomó: los bloques de 2011 a 2022 tuvieron entre 68 y 112 ventanas, y ninguna superó los 50 mm. El peor fue 2019–2022, con 68 ventanas y un máximo de 39,7 mm (Figura 3a). Entre octubre de 2006 (53,7 mm) y junio de 2024 (53,2 mm) pasaron casi 18 años sin una sola ventana de 12 horas con más de 50 mm: quien tenga menos de esa edad no había visto una hasta hace poco.

Lo interesante es lo que viene después. Con la lluvia de 2023–2026, la curva vuelve al rango de los años previos a 2010: 121 ventanas en solo 4 años y dos de más de 50 mm, con 53,2 mm en junio de 2024 y 54,4 mm el 17–18 de julio de este año. Es poco para decir que la megasequía terminó (son cuatro años, y 2026 fue un año de saltos), pero basta para notar que la lluvia fuerte volvió. Parece que, como dicen mis papás, está volviendo a llover a la antigua.
Algo parecido se ve en 6 horas, un acumulado más sensible a los chubascos, aunque aquí la serie es válida solo desde 2006: el máximo de 2023–2026 (37,3 mm el 16–17 de julio de este año) supera al de cualquier bloque anterior, incluido 2015–2018 (32,6 mm el 6 de agosto de 2015), y ningún bloque llegó a 40 mm (Figura 3b). El problema es que desde 2006 casi todos los años han sido secos por la megasequía, lo que hace la comparación menos justa y la conclusión menos robusta.
¿La razón? Un detalle técnico. En los reportes de Quinta Normal hasta 2005 el acumulado de las 06 UTC viene siempre en cero y el de las 12 UTC suma 12 horas. Por eso para la historia larga trabajo con ventanas de 12 horas, que son válidas desde 1967, y uso las de 6 horas solo desde 2006, cuando comienzan a medirse las 6 horas nocturnas.
¿Y El Niño? Mucho ruido, poca nuez
Este año experimentamos un El Niño de los grandes. El índice oceánico (ONI) de junio–agosto llegó a +1,8 °C, el más alto desde 1969, y los pronósticos hablaban de un evento muy fuerte o el más fuerte de los registros. Cuando ocurre eso en Chile, sabemos qué esperar: invierno lluvioso en la zona central. O eso creíamos.
Con los datos de Quinta Normal, la historia es menos redonda. En los 9 años con El Niño desde 1969, la lluvia acumulada de enero al 13 de octubre tuvo una mediana de 586 mm, contra 229 mm en años neutrales y 162 mm en años de La Niña (Figura 4b). Es decir, El Niño sí inclina las cartas. Pero cuatro de esos nueve años fueron normales o secos, y el peor fue 2015, un El Niño fuerte con apenas 193 mm. La correlación entre el índice y la lluvia es positiva pero moderada (r = 0,37): ayuda, pero no manda (Figura 4a).
¿Y 2026? Con ese El Niño récord, hasta el 30 de septiembre llevábamos 233 mm, bajo el promedio y apenas encima de 2015, el peor de los El Niño. Lo que lo salvó fue justamente este tormentoso mes de octubre: con los 108 mm que ya comentamos, 2026 sube a 341 mm y pasa de ser el segundo El Niño más seco a quedar en la mitad de la tabla de los años con El Niño, bajo los cinco que hicieron honor a su fama (Figura 4b).
Moraleja: El Niño inclina las probabilidades, pero no te dice cuándo ni cuánto. Este año llegó con un julio y un octubre tormentoso, y entre medio, septiembre con 0,9 mm y junio con 0.6 mm. Si alguien te dice que el octubre récord es “culpa de El Niño”, puede que tenga razón. Pero también puede que 2026 sea simplemente uno de esos años en que llueve cuando quiere, porque aún sabemos poco de cómo se comporta cada evento.

Mis conclusiones
La lección de octubre de 2026 es incómoda para todos los bandos. Es demasiado lo que aún no sabemos, y estamos apurados por dar respuestas certeras para llevar agua a nuestros molinos, contestar a la prensa y convencer a nuestros opositores: cambio climático, negacionismo, crítica política, radares, etc.
Los radares. Octubre tuvo dos tormentas muy distintas, y el radar sirve sobre todo para una. A inicios de mes, el 5–7 de octubre, cayeron unos 71 mm en 42 horas en Quinta Normal (30,1 mm solo en 6 horas), y hubo inundaciones en el sector oriente. Una lluvia así se ve venir en los modelos de pronóstico con horas o hasta días de anticipación, así que la pregunta no es tanto si faltó un radar, sino si el aviso llegó, si se tradujo en acciones y si el agua tenía por dónde escurrir. El chubasco del 13 de octubre, en cambio, duró menos de dos horas: ahí un radar habría dado, con suerte, una hora de aviso para no sacar el auto. Ayuda, pero no es la solución.
El Niño. Inclina las probabilidades hacia más lluvia, pero no dice cuándo ni cuánto. En 2026, con el índice más alto desde 1969, la lluvia llegó a saltos: un julio y un octubre de aguacero, con un septiembre y junio de menos de 1mm entremedio.
El cambio climático. Este octubre no es evidencia a favor ni en contra: el total del mes es récord, pero la intensidad de sus tormentas no lo es. Donde sí hay una señal, al menos parcial, es en la megasequía. El repunte reciente sugiere que la lluvia fuerte volvió, aunque 2023–2026 incluye dos inviernos de El Niño y es un período demasiado corto para separar una cosa de la otra. Para saber cuánto pesó el cambio climático en esta tormenta hace falta un estudio de atribución, no un hilo en redes sociales.
Lo que sí dejan claro estos datos es lo corto que es nuestro registro de lluvia de alta resolución. Con una estación de 1 minuto desde 2019, no podemos decir si un chubasco de 12,2 mm en una hora es el más fuerte de la historia o solo el más fuerte de los últimos ocho años. Ese es un buen argumento para fortalecer la DMC, su red de estaciones, sus series e incluso los radares.






















